FOLKLORE

El día de Muertos

Por: Antonio Miranda

Son los últimos días de octubre, y se comienzan abrir puertas y ventanas al escucharse la última campanada de las doce del día. Flores de tzempaxuchilt colocadas a la entrada y señalando el camino, reciben y agasajan a nuestros invitados. El copal con su singular chasquido se quema lentamente, despidiendo un aroma de bosque seco, triste y solitario, parecido al mismísimo Mictlan, lugar que los antiguos mexicanos dibujaron en sus mentes para pensar en el infinito viaje que terminará en el tlalocan , último destino descrito como un paraíso, donde la vida sólo se transforma.

Hay que darle gusto a los que nos visitan una sola vez al año, colocándoles lo que amaron y degustaron con tanta alegría en compañía nuestra. Vasos de agua para mitigar su sed, cigarros y alcohol para recordar sus vicios, chocolates y dulces para no olvidar sus risas si es que son infantes que partieron pronto.

Velas, velas y más velas que iluminen su camino para que no lo pierdan, y logren regresar y completar un ciclo, el que nos inspira la creación y nos derrite en: fuego, aire agua y tierra en un todo universal que los terrenales dejamos de inadvertir cuando estamos muertos en vida, porque la existencia se ha convertido en un devenir que poco nos importa.

Fotos del difunto o difunta, para que no olvide su materia corpórea y recuerde su apariencia física, objetos personales que fueron impregnados por ellos y ellas en su paso: sombreros, juguetes, ropa, libros predilectos, vestidos, zapatos nada es imprescindible y con nada se exagera cuando se pretende darle a nuestros muertitos la bienvenida.

Cráneos de azúcar, chocolate o amaranto ocupan un lugar importante en las ofrendas que como homenaje o presente a nuestros muertos ofrecemos; bautizadas las calaveras con el nombre de aquellos que estamos aun vivos, les recuerda a los visitantes que se nos han adelantado, que deben interceder por nosotros ante la muerte, que siempre deambula entre los que estamos aun con vida. Y que constantemente la recordamos de mil y un formas en nuestra cultura.

Impresas en papel de china, la muerte la dibujamos para que su figura no se nos olvide, nombrada en pequeños recitales, alzamos la voz y hacemos poesía lúdica con alusión de que nos lleve, estos versos conocidos como calaveritas, se las dedicamos a parientes y amigos como un recordatorio satírico de que la muerte está ahí, junto a nosotros, y que desde el fondo del corazón, el cual se nos estremece al pensar lo inevitable, lo que tenemos seguro, lo que sabemos que pasará algún día; nos da miedo, porque no sabemos que hay de la muerte y su oscuro manto.

Dulces típicos como la calabaza con piloncillo, atole o café, tamales o buñuelos, enchiladas o chilaquiles, mole verde o rojo, frutas de las que ellos y ellas disfrutaban en vida, dulces de ciruela, empanadas, pan del día de muerto azucarado y con forma redonda pa` que llene.

Todo, todo lo que podamos colocar para recordarles a nuestros muertos por un momento, los placeres del sabor y olor que los platillos mexicanos pudieron ofrecerles en su existir, para que recuerden los sabores que caracterizaron su paso en este terruño llamado México, o nombrado como los antiguos mexicanos “el ombligo de la luna”.

La espiritualidad inundara la ciudad, calles, casas, colonias enteras, de manera individual o colectiva, se entregarán a una de las festividades importantes de nuestro país, la cual nos recuerda lo muy mexicanos o mexicanas que podemos ser.

Ellos y ellas tomaran por asalto la ciudad sin que nadie les pueda evitar la entrada. Vendrán y contemplarán la vida que han dejado, ordenadamente aparecerán cada uno con su cada cual, ni juntos ni revueltos, por que nuestros muertitos tienen sus días y horas de llegada: a partir del 28 de octubre llegan los que se ahogaron, el 29 de octubre los que se hayan accidentado, el 30 de octubre los niños y niñas que se encuentran en el imbo, el 1º de noviembre llegan los adultos y el 2 de noviembre todos y todas parten para regresar, juntitos y atiborrados para que nadie se quede, y mientras su estancia es corta y durará tan sólo un momento se divertirán con las preocupaciones que atañen a los vivos y sonreirán por el recuerdo de aquel desasosiego que los atareó. Platicaran con la muerte que se los llevo con ella, y escogerán a miles de los que próximamente les harán compañía.

“La calaca”, “la huesuda” que tan presente ha estado en el devenir histórico de México, ha ocupado siempre un papel central que diferentes artistas se han ocupado en representar de mil y variadas formas, como artesanía y arte-objeto de culto místico, la encontramos en la vida cotidiana de los antiguos mexicas, así como diferentes culturas que existieron en nuestro país.

En grabados y en connotaciones diabólicas y tristes estuvo en la época de la Colonia, esbozada en trazos pintorescos que marcaron toda una era. Podemos apreciarla también en los tiempos de la revolución y la producción gráfica de José Guadalupe Posada, que gracias a su talento reforzó la cotidianidad de la muerte, y nos hizo pensar que el destino final de los mexicanos y mexicanas, pobres y ricos, inteligentes o tarugos, guapos o feos, gordos y flacos, malos o buenos “tarde que temprano siempre nos tocará bailar con la más fea”.

Sin distingo de orígenes o diferencias nobiliarias, la muerte vendrá por nosotros, por ello, nuestra ciudad se vestirá de colores: amarillos y rojos que señalan el oriente y poniente, negro y azul que ubican el norte y el sur; sabores típicos de comida se podrán degustar, inciensos arderán, velas y flores inundarán de melancolía la atmósfera; dando cuenta de una tradición que no se ha olvidado, y que a pesar de influencias culturales de diferentes lugares, la muerte en México es única y sólo se vive de una forma que tradicionalmente ha sido heredada a través del imaginario colectivo.

Ésta herencia intangible que la comunicamos a través de música, baile, oración y todo lo chicharachero que podremos ser; hoy en día, tiene una mención internacional otorgada por la UNESCO el 7 de noviembre del 2003; la fiesta no cambiará pero el celebrarlo, nos hará más mexicanos por que internacionalmente una vez más nos hemos distinguido, y todo por tener presente nuestra muerte.

Es por eso que procesiones atiborradas de espectadores, serán testigos mudos en los diferentes panteones de nuestra ciudad, donde almas vivas y espectros del más allá deambularán entre el fino sonido del viento otoñal mezclado con el triste lamento de la banda sonora conformada por mariachis felices. Fuegos artificiales, veladoras prendidas en las puertas de las casas, harán del día o días de los muertos el fervor tradicional del pueblo mexicano.

Y si aquellos que amamos y que han partido no les ofrecemos comida para agasajarlos, bebida para calmar su sed, se retirarán con las manos vacías, tristes, cabizbajos y con el ánimo caído. Por eso el día muertos, la ofrenda en el lugar más venerable del hogar, en el campo santo o en los lugares públicos más concurridos, son un tributo a quienes nos han dejado en la carrera de la vida, no esperarlos con aquellos objetos y alimentos que en vida amaron, sería, además de no continuar con la tradición, es no garantizar que cuando nos toque la hora de llegar al Mictlan , estaremos en el olvido.