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Desde hace más de quince décadas, en Iztapalapa tiene lugar una tradición que conjuga magia y religión, muerte y resurrección, misticismo y algarabía; que conlleva el afán de sus protagonistas y la fe de sus espectadores; que invita a la fiesta popular; una tradición con pasión, llena de costumbres y herencia cultural es la Pasión de Iztapalapa, una celebración que no responde ni a una narración sacra, ni a un teatro tradicional: es una expresión de múltiples aportaciones que se funde en una particular sincretización. Los moradores de los ocho barrios: La Asunción, San Ignacio, Santa Bárbara, San Lucas, San Pablo, San Miguel, San Pedro y San José, conviven entre Ia modernidad y Ia tradición: los que mantienen un ancestral apego a Ia tierra y los que llegan y demandan un lugar donde vivir. Comparten una costumbre heredada de muchos años, un deseo de mantener Ia unidad, a través de Ia cooperación y el esfuerzo colectivo para representar, con gran realismo, Ia Pasión de Jesucristo en una fiesta que permite Ia reafirmación y Ia cohesión cultural de sus residentes. Los episodios más importantes tienen lugar el Domingo de Ramos con Ia bendición de las Palmas y la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén. Desde entonces el centro de Iztapalapa se convierte en un magno escenario: una procesión de vírgenes, apóstoles, soldados romanos pasa por sus calles. El Jueves Santo se realiza otra procesión y, en el Jardín Cuitláhuac, se lleva a cabo la Última Cena. El Viernes Santo la devoción llega a su climax, con Ia secuencia de Ia sentencia, los azotes, Ia coronación de espinas y el Vía Crucis que culmnina en el Cerro de Ia Estrella con Ia crucifixión de Cristo y el llanto desbordado de muchos de los espectadores. Miles de visitantes, procedentes de un sin fin de lugares se suman a los vecinos de Iztapalapa, pendientes de la representación, celebración que funge como el enlace entre el pasado y el presente, lo que permite su perpetuación en el patrimonio intangible de México.
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